• La tarde en que volvimos a ser un vecindario

    por Carmen Dolores Hernández

    Carmen Dolores HernándezEl huracán fue –como la quiebra criolla- una sorpresa anunciada. Todos sabíamos que ambas catástrofes se avecinaban; nadie creyó que llegaran a ser tan devastadoras, que pudieran cambiar totalmente la cómoda vida que llevábamos muchos puertorriqueños.

    María llegó, atacó y nos venció. Después partió, dejándonos con la impresión del ulular atronador de sus vientos durante una noche que pareció interminable. Tras de sí, el caos, el saldo de su furia desatada, tan destructiva como la deuda impagable que ha descalabrado la economía.

    Cuando por fin se fue, un silencio desolado. La gente fue saliendo poco a poco de sus casas para ver el espectáculo de una ciudad que parecía “ligeramente bombardeada”. Todos estaban, como en las guerras, “shell shocked” a pesar de que las casas de nuestra urbanización, Baldrich, resistieron. Son de construcción antigua de cemento armado, tan fuertes que no les entra ni un triste clavo para poner un cuadro. Lo demás cedió: postes, árboles, cisternas, antenas. Era el paisaje de la destrucción.

    Al rato empezaron los cónclaves improvisados. Primero las preguntas: ¿cómo lo habíamos pasado? ¿Qué daños habíamos sufrido? ¿Qué se nos había caído? ¿Cuánta agua había entrado? Los viejos, los niños, las mascotas, ¿estaban bien? ¿Teníamos qué comer, teníamos agua?

    Empezaron también los trabajos: se sacaron ramas; se amontonaron escombros; se recuperaron objetos voladores identificados que habían aterrizado al azar; se enderezaron arbustos. Todos –viejos y jóvenes, hombres y mujeres- pusieron manos a la obra urgente de la limpieza. Luego vendría la reconstrucción.

    De repente se aproximó una banda de hombres jóvenes armados con machetes. No venían en son de guerra, sin embargo, sino de auxilio. La visión, con potencial terrorífico, fue  reconfortante. Fuertes y dispuestos, barbudos y tatuados algunos, cortaron los troncos que obstaculizaban el paso, liberaron las entradas obstruidas por las ramas, enderezaron lo torcido, destaparon lo tapado. Trabajaron hasta que se puso el sol ese miércoles fatídico y también el jueves. Ayudaban a conocidos y desconocidos. Su energía era contagiosa.

    Las primeras horas después del desastre, y el primer día, pasaron rápido. No había tiempo para pensar ni para quejarse. Al tercer día las horas se alargaron. La catástrofe se institucionalizó. Sin luz (aún lo estamos), sin agua (ha empezado a llegar), nos dimos cuenta de que tras el susto habíamos regresado súbitamente a un pasado conocido solo de oídas, a una época preindustrial de carestía en la que cada uno debía abastecerse como pudiera. Los niños –tan adictos a los videojuegos- empezaron a impacientarse y los mayores a irritarse con el calor sofocante y la falta de comunicación: los celulares flaquearon. El mal humor amenazaba al barrio.

    Pero entonces -¡milagro!- aparecieron las tertulias. Con la brisa atenuada de la tarde se reunían los vecinos frente a las casas. Volvieron las sonrisas y volaron los chistes. Se instaló un clima de solidaridad y volvió a funcionar “radio bemba”, el medio de comunicación más antiguo del mundo. Las noticias corrían de boca en boca: “mañana habrá gasolina en el puesto de la esquina”; “hay hielo en tal sitio”; “tal cafetería está abierta, el café es riquísimo”…  Pronto no fueron solo grupitos sino tertulias en regla, acomodados los contertulios en sillas puestas en los patios delanteros. Hubo incluso quien cocinó una paella riquísima para toda la calle: la primera comida caliente después del huracán. Hubo charla, carcajadas, camaradería. Los vecinos pasamos a ser amigos.

    María fue cruel con nosotros, pero tras su paso hubo una tarde –varias- en que volvimos a ser un vecindario unido y no un reguerete de gente que vive en un mismo lugar.

    2017-10-06T20:41:34+00:00
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